
Bergman dejó de ser un referente “cool” desde hace bastante tiempo. Muy frío, muy scandinavo, muy solemne, muy “pretencioso”. Precisamente cuando algún director deja de estar de moda es un momento oportuno para revisitarlo y valorarlo de manera más pausada y justa. Ahora ya no solo está pasado de moda sino que está muerto, lo cual nunca es desventajoso si se busca estar de moda una vez más.
En algunos obituarios los revisionistas empiezan a realizar sus torpes ejercicios de construcción de cánones, Bergman, sí, ok pero no tan bueno como Bresson. Repitiendo clichés ridículos: Bergman no era espontáneo, demasiado frío, muy teatral. Pffft
No hay duda de que hay una manera de acercarse al cine de Bergman que resulta bastante estéril: el “autor” como subjetividad privilegiada , el “maestro” que nos ilumina sobre la “condición humana”, la seriedad y la solemnidad como significantes de profundidad. Pero todo eso es resultado de visionados torpes y conclusiones apuradas. Las películas siguen ahí con toda su fuerza expresiva, su claustrofobia y su agudeza psicológica ( que no es lo mismo que el psicologismo de directores menos talentosos).
Resulta sintomático de estos tiempos la manera en que la “seriedad” del cine de Bergman se considere algo imposible. Al fin de cuentas, las cosas cambiaron, el cine cambio, los medios de comunicación cambiaron, las audiencias cambiaron. Sin embargo hay algo en la imposibilidad de “seriedad artística” que demuestra una incapacidad patológica de pensar en el cine como algo más que entretenimiento. O como algo más que un rejunte de referencias “cool” y guiños de estilo. ¿Porqué imposible?. El atrevimiento de un cineasta o artista de abordar “grandes temas” es un atrevimiento que ya no permitimos.
Ese compromiso casi obsesivo con la exploración de la muerte, las relaciones de pareja, la moral en un mundo sin Dios etc etc. Todo esto rara vez con algún dejo de luminosidad. Todo expresado desde una sensibilidad desvergonzadamente “highbrow”.
Este compromiso estético-existencial no siempre produjo buenos resultados, pero ese no es el punto. El punto es, y el triunfo es la existencia y la materialización de ese compromiso.

La promesa y la posibilidad de realizar arte personal (entendido esto como idiosincrásico, no como autobiográfico) en la más industrial y colectiva de todas las artes parece una idea cada vez más descabellada (a pesar del desmedido entusiasmo por la tecnología digital).

PS También palmó Antonioni. Parece que la muerte se ensañó con los directores europeos.